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Históricamente la invención del teléfono se le ha
atribuído al escocés-norteamericano Alexander Grahan Bell; no obstante, en
junio de 2002, el Congreso de Estados Unidos reconoció que el teléfono fue
concebido por un desconocido inmigrante italiano llamado Antonio Meucci
¿increíble verdad?
Tal como lo han afirmado desde décadas los libros de
texto en Italia, el inventor italiano Antonio Meucci es el verdadero inventor
del teléfono.
Alrededor del año 1857 Antonio Meucci construyó un
teléfono para conectar su oficina con su dormitorio, ubicado en el segundo
piso, debido al reumatismo de su esposa.[1] Sin embargo carecía del dinero
suficiente para patentar su invento, por lo que lo presentó a una empresa que
no le prestó atención, pero que, tampoco le devolvió los materiales. Al
parecer, y esto no está probado, estos materiales cayeron en manos de Alexander
Graham Bell, que se sirvió de ellos para desarrollar su teléfono y lo presentó
como propio.
En 1876, tras haber descubierto que para transmitir voz
humana sólo se podía utilizar una corriente continua, el inventor
estadounidense de origen escocés Alexander Graham Bell construyó y patentó unas
horas antes que su compatriota Elisha Gray el primer teléfono capaz de
transmitir y recibir voz humana con toda su calidad y timbre. Tampoco se debe
dejar de lado a Thomas Alva Edison, que introdujo notables mejoras en el
sistema, entre las que se encuentra el micrófono de gránulos de carbón.
El 11 de junio de 2002 el Congreso de los Estados Unidos
aprobó la resolución 269, por la que reconoció que el inventor del teléfono
había sido Antonio Meucci y no Alexander Graham Bell. En la resolución,
aprobada por unanimidad, los representantes estadounidenses estiman que
"la vida y obra de Antonio Meucci debe ser reconocida legalmente, y que su
trabajo en la invención del teléfono debe ser admitida". Según el texto de
esta resolución, Antonio Meucci instaló un dispositivo rudimentario de
telecomunicaciones entre el sótano de su casa de Staten Island (Nueva York) y
la habitación de su mujer, en la primera planta.
En 1860 el invento de Meucci fue publicado en un
periódico para la comunidad italiana que circulaba en New York y para 1862 ya
tenia mas de treinta modelos de su “teletrofono” y había instalado unos en su
casa, para facilitar la comunicación con su esposa que padecía de artritis y
difícilmente podía desplazarse.
Con el fin de recolectar dinero para materiales, Meucci
vendía sus prototipos a $6 dólares. Pero no le fue posible conseguir $250
dólares para patentar su “Telégrafo Parlante”. Lo único que pudo hacer con el
dinero que tenía, fue dejar una notificación de patente pendiente renovable a
un año y tristemente tres años después, no consiguió $10 dólares para
renovarla.
Pensando en un patrocinador o en una gran compañía que
comprara su invento. Meucci envió un prototipo mejorado con planos, documentos
y todos los detalles técnicos a Western Union Telegraph Company, pero nunca fue
posible arreglar una reunión con tan ocupados ejecutivos.
En 1874, en vista de
la falta de interés regresó a las oficinas reclamando el material dejado y
curiosamente le contestaron que se había perdido. Dos años después, Alexander
Graham Bell, quien había compartido un laboratorio con Meucci por largo tiempo,
llenó la forma de la patente del teléfono, se convirtió en una celebridad y
logró un fabuloso contrato con la Western Union.
Muchos historiadores concuerdan en que el precario
dominio del idioma por parte de Meucci fue parte del problema, pero eso no le
impidió dejar registradas otras catorce patentes entre 1859 y 1883.
Aunque se
presentó una demanda, nunca se obtuvo el debido seguimiento. Meucci no podía
costear un buen abogado, además nadie quería pelear con la Western Union y ser
parte de un puñado de ignorantes que pretenden estancar el desarrollo de la
ciencia y el pujante progreso del país, como manifestó alguna vez Bell, cuando
se le preguntó por la demanda en una entrevista para un periódico local.
Finalmente, después de vivir humildemente Antonio Meucci
murió en octubre de 1889 y poco después el caso se cerró. El campo estaba libre
para Bell y su descendencia. Había todo un planeta por cablear y todo un siglo
para hacer dinero.(3)
